martes, 6 de marzo de 2012

Maduro

Por Esther Beltrán, La Habana | 06/03/2012

En la foto los protagonistas de "Verde verde"

La película de Enrique Pineda Barnet es un compendio de reinterpretaciones. Algunas, con más fortuna que otras, han producido una película polémica, de abundantes y diversas lecturas y sobre todo, capaz de emocionar

Un hombre jugando al cubilete, Carlos, junto a un grupo de amigos de mala catadura en un bar del inframundo podría ser el inicio de un thriller con un final previsible. El bar no oculta las drogas, la violencia y el sexo descarnado. Afuera existe una Habana apenas esbozada. Dentro del bar se borra el tiempo porque las criaturas marcadas por el vicio han existido y existirán siempre.

Sobre una discreta mesa una pintora dibuja las diversas formas del fetichismo: cuerpos lascivos, látigos, acrobacias sexuales a las que se premia con dinero. Un camarero, prudentemente, esconde un arma de fuego que mantiene al alcance de la mano.
Pronto hay dos hombrones que intercambian miradas. El machazo que juega al cubilete no duda en abandonar el recinto junto al recio marinero, Alfredo, que le propone que, si lo acompaña, le mostrará algo muy interesante, además con el incentivo de que existirá una buena paga. Pero ya la tragedia está anunciada: una mujer fantasmal, que recuerda el ánima de la Macorina, se cubre el rostro con el velo del luto riguroso. Es la pena de la mujer que comprende que un hombre se entrega al peor de los destinos: al sufrimiento de no poder aceptar lo que realmente es.

Enrique Pineda Barnet ha conformado una narración donde los personajes están atrapados en espacios cerrados. El explícito recibimiento del marinero, en realidad, enfermero naval, al hombre que corteja como si llegara al infierno, no es más que un juego de traslaciones simbólicas: la intimidad, el paladeo del peligro como erótica complicidad y el duelo arduo que enseguida tratará de construir no son más que formas evidentes de la verdadera profanación del bajo mundo.
Porque de lo que no cabe la menor duda es que estos personajes que tropiezan casi todo el tiempo a través de diálogos donde el doble sentido del flirt se torna más que equívoco, muchas veces redundante, van a los extremos. Alfredo, con una declaración de principios que más que desprejuiciada se parece demasiado a la justificación de la derrota. Carlos, con una intolerancia donde encontramos, a la postre más dolor que desprecio.
Interrumpida a ratos la narración por la huida de Carlos por una especie de laberinto, es su angustia el recurso brechtiano que nos advierte de la posibilidad de que nunca será feliz. Pineda Barnet no puede construir una película lírica. Ha de ser fiel a la propia esencia de los personajes. El devenir claustrofóbico está apoyado visualmente en la pintura de Rocío García, con toda su carga de violencia erótica y de aterradora introspección.

La contrapartida de cada uno de los personajes es de una sinceridad estremecedora. Carlos dice claramente que odia la mariconería. Por el día, se siente frustrado. Es su deseo ser aviador y habrá de conformarse con ser informático. Admira el mundo de Alfredo, de viajes y movilidad. Alfredo sabe que su barco lo ha dotado de muchas cosas materiales, pero tiene desventajas: está rodeado del mar y sus veleidades, siempre a solas, perseguido por la inseguridad, el mareo, la náusea. Mucho ha tenido que pelear para aceptarse tal cual es en el ríspido mundo masculino. Los dos hombres tienen en común la soledad. Alfredo busca la agradable compañía a toda costa, aun en los peores sitios. Carlos se siente atraído por una especie de vértigo al que renunciará enseguida.

Si bien Verde verde no expone audacias formales a pesar de inscribirse en el llamado cine de autor, pues ya sabemos, es una película que desarrolla su trama en muy pocas locaciones, y apela a una concepción teatral, en la sala de exhibición se escucharon nerviosas carcajadas ante las escenas de sexo explícito que protagonizan los personajes antes mencionados. Y aunque no resultan gratuitas, esas escenas podrían ser mañana mismo superadas. Sin embargo, el bolero que bailan los dos hombres es una clase magistral de delicadeza y de belleza de la libertad.
Verde verde no resulta una película complaciente. Todo lo contrario, es dura y revulsiva. Puede traernos a la memoria muchas otras que tratan conflictos similares sin referirse exactamente a ninguna de ellas. Eso sí, lo que no puede escamoteársele a Enrique Pineda Barnet es su discurso múltiple donde al final muestra al homosexual asumido martirizado por la intolerancia y por una carga cultural ancestral. Muerto por el otro, acepta su corona de espinas como precio de su sangre, su gesto adánico es interrumpido en la agonía: “¿Por qué?”, pregunta al amante, ya sin armas para defenderse.
El homicida es mucho más inconforme consigo mismo. Ejecuta la mutilación para eliminar la lengua que le ha persuadido, el sexo que le ha penetrado. Y a partir de ese momento renacerán las claves machistas exteriores: Carlos prefiere ser considerado el asesino de un maricón, o acaso un simple ladrón. Se arrastra huyendo de su destino. Un charco refleja su propia imagen ensangrentada, un Narciso turbio y culpable más allá de su propia individualidad.

Porque la película de Enrique Pineda Barnet es un compendio de reinterpretaciones. Algunas, con más fortuna que otras han producido una película polémica, de abundantes y diversas lecturas y sobre todo, capaz de emocionar. Una propuesta que no dejará a nadie indiferente aun desde la negación. “Verde, verde da maduro” se repite en el filme como una aseveración de que en algún lugar, los extremos se tocan. Su mayor virtud es la denuncia del sufrimiento y el horror de los que se ven atrapados en un mundo donde los hombres no lloran; a pagar el alto precio de la represión de su propia individualidad; a condenarse a asesinar lo que más desean.

Fuente: Cubaencuentro

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