jueves, 7 de febrero de 2013

Enrique Pineda Barnet, maestro de juventudes: el hombre detrás de sus películas



 Por Baltasar Santiago Martín

El cineasta Enrique Pineda Barnet nació en La Habana, Cuba, el 28 de octubre de 1933, y cuando tenía apenas veinte años recibió el  Premio Nacional de Literatura “Hernández Catá” del año 1953. Ha escrito numerosos guiones para cine, video y ballet, y realizado importantes colaboraciones con otros cineastas, como el asesoramiento a Franco Solinas para el guión de Quemada, del director  Gino Pontecorvo. Fue también guionista del film soviético-cubano Soy Cuba, dirigido en 1964 por el director Mijaíl Kalatozov, y trabajó en el doblaje  de Tierra en trance, de Glauber Rocha. Ha sido jurado en varios festivales de cine e impartido talleres, conferencias y exhibido sus filmes en universidades e instituciones culturales de Cuba, Estados Unidos, Puerto Rico, Brasil, Argelia, Líbano, España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, Bélgica, Noruega, Polonia, Bulgaria, Alemania, Unión Soviética, Japón y Canadá, entre otros. Miembro de la Sociedad General de Autores de España (SGAE), ha recibido la Medalla por la Cultura Nacional, el Premio Goya de 1990 por su filme La bella del Alhambra, y el Premio Nacional de Cine en el 2006. Su corto de arte Cosmorama fue seleccionado como precursor del Movimiento de Videoartes Contemporáneo -y por el Movimiento de Arte Cinético-, en el Museo Reina Sofía de Madrid y en el ITAU de Sao Paulo.
La celebración por los 20 años de La bella del Alhambra constituyó un acontecimiento cultural a finales del 2009, y su más reciente filme sobre el tema de la homofobia se titula Verde, verde (2011), cuya reseña para la revista Newsweek en español tuve el gusto de escribir y el grandísimo regalo de que fuera de su agrado–.
Enrique Pineda Barnet me recibió en su apartamento de El Vedado, luego de un primer encuentro en el Centro Cultural “Raquel Revuelta” –donde nos conocimos personalmente– y rodeados de obras de arte de muchos de los más importantes pintores cubanos, conversamos sobre su vida y sobre su obra:    

¿En qué cine de Cuba viste una película por primera vez?; ¿recuerdas su título?

En el cine Riviera, en la calle 23 entre G y H (nací en la calle 23, entre D y E, en El Vedado).
¿Su título? Tengo mis dudas, pero me parece que fue El mago de Oz. Me enamoré de Judy Garland –un amor que perduró mucho tiempo–, una figura excepcional, que cantaba, bailaba y marcó una época. También recuerdo las películas de Shirley Temple…, y La serpiente roja, con Chan Li Po, que fue una de las primeras películas cubanas, con guión de Félix B. Caignet, y actores fabulosos como Pituca de Foronda –cubano-española, hija de Mercedes Pinto, una escritora española–, los galanes Rubén y Gustavo Rojo –mexicanos–, y Aníbal de Mar (La tremenda corte) en el protagónico.

¿Qué filmes te impactaron más en tu adolescencia?

En mi adolescencia vi muchas películas inusuales en un adolescente: todo el cine clásico de Hollywood, como Casablanca, Lo que el viento se llevó, El ciudadano Kane  –con Orson Welles, ¡fabuloso! –, Vértigo…

¿Cuándo decidiste dedicarte seriamente al cine?  

No, no fue una decisión; fue una casualidad de la vida. Había hecho mucha radio, televisión –y escrito mucho–, y me “refugié” en el I.C.A.I.C. (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) a finales de 1962 (no fui fundador), donde mi experiencia en publicidad sí me marcó, porque es una escuela práctica muy seria, en la que se entra en las leyes de la dramaturgia, y para mí eso fue muy importante.

¿Cómo esa vocación se convirtió en oficio?

Yo siempre he tenido una vocación muy definida por el arte: canto, baile, teatro, literatura, plástica… ¡y el cine es el séptimo arte!
En el I.C.A.I.C. los conocía a todos –tenía una relación más o menos cercana– y me estuvieron invitando desde antes de su fundación, y no quise, pero luego fui yo quien me acerqué a Héctor García Mesa y le dije esta frase peculiar: “Vengo a buscar asilo en el I.C.A.I.C.”. Estaba escapando de otras circunstancias…, y en el I.C.A.I.C. la mentalidad era más abierta.

¿Cuál de tus películas te ha dejado más satisfecho?

Verde, verde, y realmente, un corto que se llama First , de 10 minutos, que fue la semilla de Verde, verde y de La anunciación; y por supuesto, La bella del Alhambra, que ha sido una película muy agradecida conmigo y el público la ha llevado muy bien.

Giselle, Alicia Alonso…, ¿qué fue lo más difícil, y lo más memorable?

Memorable todo. Primero, que fue mi primera película como director. Me llevó a estudiar el arte del ballet, a profundizar en el ballet romántico. Cuando llegué por primera vez a hablar con Alicia y con Fernando sobre la película les dije: “A mí no me interesa el ballet, de ustedes depende que yo cambie de opinión”, y así fue, se logró una interacción muy bonita con el ballet, con la compañía. Alicia fue encantadora,  nunca en un pedestal, muy colaboradora; incluso, una Alicia distinta a la Alicia que conozco después. Una Alicia diferente, una Alicia sencilla –no modesta, porque eso no le cabe–; una Alicia estudiosa, una Alicia dócil, aparte de su rigor y de su fuerza. Pero yo recuerdo una anécdota tremenda, de una escena en la que llegó un momento en que yo le dije a Alicia: “Alicia, hay que cortarse el pelo”, y me respondió: “¿Yo, que llevo 14 años dejándome crecer el pelo para la escena de la locura?”. Y le dije: “Mire las manos, mire adónde llegan, esa escena de la locura en una pantalla. No es lo mismo que en un teatro. En la pantalla se necesita mucho menos para que las manos puedan salir”. En fin, hablamos de eso, del expresionismo, de la significación de un gesto así, etc. Y al día siguiente llegó con el pelo cortado, y yo pensé que aquella rebeldía de aquel momento iba a ser para siempre, pero no, fue dócil, y fue en ese sentido modesta, ahí fue modesta, ahí fue modesta.
Fernando, un gran maestro; lo hicimos bailar el Hilarión, quizás por última vez…; “Las Cuatro Joyas” –Josefina Méndez, Loipa Araujo, Aurora Bosch y Mirtha Pla–,  unas bailarinas extraordinarias; Laura Alonso, que también bailó en la filmación; Menia Martínez, una figura sobresaliente…
Encanto escénico, frescura…; fue una experiencia extraordinaria.
¿Difícil? Difícil es todo, el esfuerzo, la atención –en el terreno artístico más todavía– ; lo que es fácil no sirve…
Nada es fácil, lo que pasa es que todo fluye cuando se logra lo difícil.

Giselle
(1963)/ 88’/ Dirección y guión: Enrique Pineda Barnet/ Producción: Raúl Canosa/ Argumento: Ballet en dos actos con libreto de Vernoy de Saint Georges, Teophile Gautier, J. Coralli/ Fotografía: Antonio Rodríguez/ Edición: Carlos Menéndez/ Sonido: Eugenio Vesa, Adalberto Jiménez, Marcos Madrigal/ Con: Alicia Alonso, Azari Plisetski, Fernando Alonso, José Parés, Mirta Plá, Loipa Araujo, cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba.

Enrique Pineda Barnet: “La película trata de fijar para el futuro la creación de Alicia Alonso y de su grupo en Giselle. Entiendo que para esto había tres posibilidades. La primera sería registrar simplemente todo lo que sucede en el escenario, manteniendo el punto de vista de un espectador ideal, situado en el mejor sitio de la sala. La segunda sería llevar a cabo una labor de interpretación, es decir: deformar el ballet, convertirlo en un hecho artístico nuevo. Y la tercera, que es la que hemos adoptado, la de tomar la puesta en escena de Giselle y buscar en ella una coherencia con el cine. Será una película sobre la puesta en escena del ballet, permitiéndose la creación dentro del tiempo y el espacio del ballet mismo. En la imagen buscaremos expresar el espíritu y la atmósfera poética, la idealización de la realidad, llevando a primer plano un romanticismo moderno, tratando de convertir el detalle sentimentaloide en gracilidad y frescura de una época”.
                    
Alicia Alonso: “Tengo predilección por este ballet, pues representa un reto para todo ballerina. Hay que bailarlo con una técnica perfecta y difícil, y al mismo tiempo sentir el drama. Es un ballet que ha llenado varias partes de mi vida. La primera vez que lo bailé fue cuando yo estaba en el American Ballet Theatre. La primera ballerina se había enfermado y hube de suplirla. Me vi obligada a bailar Giselle con solo una semana de ensayo (…) (Este primer encuentro con el cine) es una experiencia nueva y emocionante, porque me ha hecho descubrir muchas cosas, más que sobre el cine, sobre el ballet mismo. Hemos tenido que volver a estudiar la obra, que profundizar en su tema, en sus personajes, en la forma. Y luego, la filmación es dura y laboriosa. Uno de los principales inconvenientes, que hemos tenido que superar a base de concentración, ha sido el carácter fragmentario del registro de la escena. En una función hay un desarrollo continuo, que permite el natural proceso de expresión de las pasiones. Aquí las interrupciones constantes lo sacan a uno del drama, y para la siguiente toma hay que volver a crearse el estado de ánimo que exigen la situación y el personaje. Pero vale la pena pasar estas dificultades, porque así quedará algo que alcanzará a muchos públicos, aun los más humildes, y que quedará para los bailarines y los artistas que vengan después de nosotros. El cine se presta mucho al ballet, porque los dos son artes de movimiento”.
           
Fernando Alonso: “Nosotros creemos que esta experiencia es importante porque nos permite crear el movimiento de la danza, ante los ojos del público, de otra manera que como se ve en el escenario. Esto nos ha planteado nuevos problemas. Vimos, por ejemplo, que teníamos que dar otro tiempo a los movimientos, porque al aparecer en la pantalla se veían exagerados. Hubo que atenuar mucho los gestos, porque la cámara es más analítica que la mirada del espectador que está en el patio de butacas. Afortunadamente, Pineda Barnet es muy talentoso, muy serio en su trabajo, y ha sabido resolver estas dificultades”.
                                               
 ¿Quiénes son tus actores y actrices favoritos, dentro y fuera de Cuba?

¡Tan difícil de responder!, primero porque tengo mala memoria. En el cine norteamericano, Al Pacino es un actor que me fascina –en el Paseo de la Fama de Hollywood me retraté con mi mano sobre su mano–, y también Dustin Hofman; y del cine europeo, Klaus María Brandauer, Javier Bardem…
Del cine cubano me cuesta trabajo decirlo, porque son los compañeros con los que trabajo. Héctor Noa –que dicen que es mi actor fetiche–  es un actor extraordinario; Beatriz Valdés para mí sigue siendo una actriz por igual extraordinaria; Isabel Moreno, Verónica Lynn, Raquel Revuelta, Miriam Acevedo, Eduardo Egea, Santiago Ríos  –un actor hispanocubano–; Carlos Cruz –por el que siento una devoción y una admiración tremendas–, también otro actor extraordinario; Miguel Navarro, Miguel Gutiérrez… Tenemos muy buenos actores y actrices, tremendos.

¿Por qué Verde, verde?

Yo hago Verde, verde por una necesidad esencial de abordar el tema de la homofobia, que tanto daño nos hace. Yo el odio me lo operé, no tengo ya odio, pero tengo memoria. En Cuba hay todavía mucha homofobia; impera el machismo, el autoritarismo, la “guapería” (bravuconería), tan repugnante –y tan mentirosa–. “Detrás de todo homofóbico hay un homosexual frustrado”; la homofobia es un cáncer, es muy difícil de erradicar, y es universal, como otros males sociales como la mentira, la hipocresía…

(Ojalá que este fuerte y crudo film contribuya a la aceptación de las diferencias en la preferencia sexual de las personas con las que convivimos, y que esos Carlos que andan por ahí se acepten tanto cóncavos como convexos sin matar a nadie)

¿Cuál es tu mayor orgullo?

¡Qué pregunta más rara! para mí es exótica–; nunca me la habían hecho. En un esquema, diría que “ser cubano”, pero eso es un esquema. Mi mayor orgullo es mi madre. Era una persona excepcional. Murió en el 2004 y todavía le llegan flores y felicitaciones en el día de su cumpleaños; era la madre que todo el mundo sueña con tener; era mi amiga, mi socia, mi cómplice, mi compañera, mi guía. Murió a los 97 años, con una lucidez extraordinaria. Se tomaba un trago de whisky todas las noches; amiga de mis amigos, confidente de todos, nunca la oí hablar mal de nadie.
De todas maneras, de las cosas en la vida que más satisfacción me dan, enseñar, ser maestro, es algo que me ha proporcionado mucha alegría, mucha recompensa, y todos los días uno descubre cosas…
Me operé del odio, ¿dónde se guarda el odio? En una cápsula horrenda; hay que operársela, lo que no quiere decir que uno sea complaciente, acrítico –soy un látigo–; son dos cosas completamente diferentes.

¿Qué directores de cine cubanos de hoy consideras que son el relevo necesario?

Si de relevo se trata, te diría que hay hoy un grupo de directores jóvenes cubanos muy talentosos, entre los que se destacan Miguel Coyula y Arturo Infante, y un joven que no es director sino escritor: Abel González Melo; también Carlos Lechuga, de quien creo que es una buena promesa.
Para mí los jóvenes en general representan siempre una esperanza positiva. Yo creo mucho en los jóvenes, lo que hay que hacer es apoyarlos, para que no den pasos falsos en la vida, pero sin siquiera aconsejarlos; es muy importante, si no te lo piden, no dar consejos.
“Ámense por encima de las diferencias, que no hay mayor amparo que nosotros mismos. Con todo mi amor para todos los cubanos”.
                                                                                                Enrique Pineda Barnet
                                                                                               puentear@cubarte.cult.cu
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 La Habana, 19 de diciembre del 2012