martes, 26 de agosto de 2014

enrique pineda barnet: CONFESIONES PARA UNA AUTOCARACTERIZACIÓN.

Enrique Pineda Barnet (foto Tespis Magazine)
Imagínese que usted es el psiquiatra ante quien me siento y le digo:
-Yo no soy un hijo del amor, soy hijo del rechazo. “Tus caricias me lastiman”. Como un tango.
Entonces, qué comportamiento puede suponerme? ¿Qué esquema de vida?

Yo no estoy preparado para la vida. No asumo las reglas del juego.
Para empezar, es más fácil negar que afirmar (¿_?):
No soy deportista, no tengo las facultades ni la aspiración, ni la vocación, ni el hábito , ni las virtudes de los deportistas. Entendiendo y envidiando sus cuerpos, sus habilidades, la sensualidad de ese abrazo entre los triunfadores del futbol. Pero no soy deportista. Simplemente, no soy.
No soy técnico, ni tecnólogo ni tengo habilidades para las tecnologías. Comprendo su importancia, necesito de ellas, prefiero pagarlas, pero no quiero ni enterarme. Es decir, soy manos torpes, muy torpes, tan torpes que se me hace difícil abotonar un botón en un ojal. Sin embargo, me encantan las ferreterías, -no me interesa ver ropas de última moda en las tiendas, ni me importan las marcas de los relojes o los automóviles, sí los perfumes y los vinos - pero adoro contemplar durante horas las herramientas que a veces ni sé para qué sirven y, como fetiches, las compraría todas.
No tengo cabeza científica. Es una deficiencia, me gustaría, me hace falta, quisiera entender las matemáticas, pero es peor que un jeroglífico. Me aturde, me ciego, me ofusco, tiemblo, me pongo frío, sudo. No puedo con las ciencias aunque las admiro profundamente.
No simpatizo con el trabajo físico, me canso, no tengo fuerza física, nunca las tuve. Cuando en mi vida he tenido o asumido un trabajo físico ha sido un reto, auto imposición, un sacrificio, un enorme y voluntarioso  esfuerzo. Y cuando he vencido, por mi voluntad, me he sentido gigante, porque soy muy resistente, tengo un techo alto para el dolor, y/  o para el alcohol, y el sexo.

Adoro nadar, bailar hasta el agotamiento, escalar montañas, y si pudiera volar, o levitar, sería el ser más feliz de la naturaleza. No quiero montarme en nada encima del mar, pero estaría sobrevolando todo el tiempo.
No me gusta la fuerza –la energía sí, es otra cosa-. Nada fuerte, nada a la fuerza. No hace falta aclarar más. Ni una voz fuerte, ni  un gesto fuerte,  tirar una puerta, dar un puñetazo en la mesa, ni los rayos, ni los golpes de viento, los oleajes enormes, ni los terremotos, los volcanes, los golpes de agua. Pero amo el mar, el fuego, el viento, la tierra...

Soporto las fieras, a veces las amo, gusto de amansarlas, entender su lenguaje, comunicarme con ellas. Adoro la sensualidad y la ternura de los  animales. Me gustan los lagartos, les hablo, me entienden.

No tengo afición por los juegos: ni de pelota, ni de habilidades, ni de  mesa, el dominó menos, ni las damas, las barajas o el mismo ajedrez –que es el que más soporto si no me tratan de avasallar-. 
No tengo sentido competitivo. Sin embargo, me paso la vida jugando y todo cuanto hago lo convierto en juego. ¡Qué paradoja! Convertí mi escuelita de la montaña en una escuela para Jugar, mis Talleres de Creatividad actuales son hechos de juegos. Juego al amor, juego a trabajar.

No gusto mucho de los dulces, ni las cosas dulces. Sin embargo dicen que soy dulzón, un imbécil decía que soy un edulcorado. Me gusta lo picante, en todos los sentidos, a veces lo ácido, no mucho lo salado ni lo amargo, pero a veces un toque de ambos no está mal. Odio las grasas y me placen las astringencias.
Tengo afinado el sentido del gusto, la apreciación. Mis sentidos están muy aguzados: el tacto es el más delicado. Disfruto y sufro mucho por el oído y el olfato. La vista está dispuesta para gozar lo bello, pero también para descubrir lo abominable.

Soy iracundo, impetuoso, estallo como la pólvora. Pero soy manso y tierno por naturaleza. Mis impulsos son más fuertes. Soy emocional, aunque también reflexivo. Pero aun reflexionando no puedo evitar el impulso. Siempre he sido muy sensual y sexual, desde la más remota infancia, he tenido los sentidos muy despiertos al sexo. Casi toda la actividad humana la puedo comparar con el sexo y el ritual de hacer el amor. Todo lo sexualizo, no tengo fronteras, a veces he temido expresarlo porque van a decir que soy un inmoral. Lo soy, más bien amoral. La moral en este sentido es un estorbo. Amo profundamente, amo mucho y a mucha gente, no puedo amar a una sola persona. No creo en el sentido tradicional  de la fidelidad. Sin embargo soy muy leal, jamás he traicionado a nadie, ni a mí mismo. No me refiero a otros aspectos de la moral social, la honradez, la ética. La ética sí. Digo la moral sexual, es una hipocresía. El mundo ideal sería una espiral, todos en una gran orgía universal, sin fronteras. No respetando edades, razas, sexos, preferencias, culturas, parentescos, todo lo sexualizo. En la pared de su Salón de Estudios  una estudiante mía escribió  “Todos somos trisexuales, promiscuos, incestuosos...El profesor”. Me retrataba. Pero cuando yo mismo lo vi, me ruboricé.

En la vida sí creo en la honradez, esa de la que nadie tiene por qué enterarse. De niño hacía confesiones espirituales. Aquello de Santa Teresa de” ni me mueve el infierno tan temido...” me va al dedillo: no es por temor al castigo ni buscando la premiación, soy absolutamente in-creyente, agnóstico,  por no decir ateo –el ateísmo me sabe a otra creencia- soy honrado porque me es inherente y natural. Me indigna que me mientan, a veces me hago el que se lo cree para no ofender mostrando la incredulidad.
Y, a estas alturas de mi vida, he creído en todas las cosas, religiones, filosofías, ideologías...con fe, otra fe, con devoción, con amor y entrega, mientras me lo crea de verdad,  siempre sin buscar nada. Las decepciones me han provocado profundos dolores. Pero hoy no creo en nada, de nada. Sigo la fantasía, el juego del campesino que decía “hay que creer en algo bonito aunque no sea”, por fabular, por poesía.. Por eso me fascina lo esotérico, la metafísica, las magias, las brujas, los espíritus, el zodíaco, el tarot, los palmistas, las bolas de cristal, las ouijas, los orishas, todo el islamismo, el judaísmo, el cristianismo, el budismo... Pero siento un profundo irrespeto por las religiones y sus manipulaciones. Creo en los dioses, no en sus representantes. Las religiones arman y desatan las peores catástrofes.
Amo la filosofía, dudo de los filósofos. Rechazo la política y a los políticos...
Creo en la vida interior, en esa poética de lo bello, lo manso, dulce, amoroso, armónico, bondadoso...!qué cursi, eh?! Me da la gana de ser cursi. Y hasta pueril. La gente es muy cobarde, no se atreven a sus cursilerías. Detesto esos poetas hervidos, esterilizados, que no sudan, no lloran, se lavan las manos con alcohol, tienen escrúpulos hasta de sí mismos. El machismo nos ha traído esas frustraciones auto represivas, tienen tanto miedo a la mariconería de sí mismos que se escudan en la frialdad intelectual hierática y aséptica. TERROR A LA TERNURA. Los extremos se tocan. Verde verde, da maduro. Por eso tanta poesía contemporánea no es poética. Hay que oírlos leer su poesía, como si leyeran la lista “de los mandados” con la voz engolada de cantar “Granada”.

Me operé del odio. Ya no odio ni al odio, me  molesta, a veces trato de entenderlo y se me transforma en comprensión. Que no es necesariamente aceptación ni tolerancia. Simplemente entender, comprender. Pero rechazo muchas cosas que intento apartar de mi vida. La envidia, la ambición, la avaricia, la traición.
A  veces siento celos y lucho por sacarlos de mí.
Lucho contra mi egoísmo. Lucho contra el abuso, la trampa, la explotación. Las discriminaciones. Detesto la soberbia, la prepotencia, y a veces disfruto venciendo la  arrogancia de alguna gente. La arrogancia es lo más repulsivo
Hay dos cosas que me  castigan fuertemente: la represión, mi cobardía y el sentimiento de culpa. No puedo soportar un sentimiento de culpa, la culpa es claustrofóbica. La culpa es un instrumento de manipulación: nos culpan los padres, la familia, la escuela, la sociedad, y sobre todo la iglesia, la democracia  y hasta el socialismo. Siempre estamos en deuda, en deuda culpable, debemos dar gracias por ser, por existir, por nacer, por crecer, por comer, beber, poder trabajar, luchar, sacrificarnos, dar gracias por nuestros más elementales derechos, y morir, morir, morir, sacrificarnos y morir, holocáusticamente. Morir por la Patria es vivir, no temáis una muerte gloriosa, libertad o muerte, patria o muerte, socialismo o muerte, democracia o muerte,  muerte a esto y muerte a lo otro, morir en tus brazos mi dios, a tus pies, esclavo, servil, dar mi espalda como muro para enfrentar al enemigo. Termópilas.

Me hace daño que me rechacen, y lo olfateo como los sabuesos. A veces me mortifica la ironía y el cinismo, pero otras veces me seducen cuando muestran una inteligencia crítica enriquecedora..

De las relaciones humanas la que más disfruto es la amistad. Amistad amorosa, sin límites, la amistad es sensual, proporciona placer. Todos somos trisexuados, incestuosos, promiscuos. El pecado está en el pudor.

No tengo espíritu de grupo, no me comporto antigregario, pero no me gustaron las pandillas, ni los clubes, ni las asociaciones, ni los teams, bandos, grupos, mafias, sectas, células, grupúsculos, fracciones o facciones, partidos o anti partidos. Nací solo, vivo solo, mi universo está en mí, de él parto y con él voy.
Quizás he sido muy ambicioso o demasiado poco, he aspirado a grandes glorias y he renunciado a todas. Renunciar, desprenderse, prescindir es el mayor enriquecimiento, prescindo. Prescindir no es empobrecerse, ni conformarse. Es aprender a quedarnos, a elegir, la esencia, lo esencial.

Quise ser santo, ser héroe, mártir, consagrado, famoso. He intentado inútilmente ser valiente, arriesgado, audaz, agresivo, estallante. Pero al ver a todos cuantos se creen el ombligo del mundo, vomito. Ha dejado de interesarme la trascendencia, me preparo para ser olvidado sin dolor. Quisiera volverme niebla y ascender hasta disolverme. ”Como es mejor el verso aquel…”
Mi  alimento favorito es el pan. Mi bebida el agua fresca.
Mi textura, la piel humana. Mi olfato, la guayaba, el vetiver... Mi sabor, el apio, la ginebra. Mi oído el violín o la flauta de caña. Ante mis ojos, un campo de espigas atravesado por un cuerpo desnudo.

Es verdad que amo las piedras, la lisura y el filo de las piedras, las yerbas aromáticas, el humo de los inciensos. El  suave oleaje de la orilla. El mar y la montaña. El amanecer y el ocaso, la noche indescifrable, el mar inmenso... hasta la desvalidez y el abismo.
Siempre he sido quien ofrece la caricia, y siempre he esperado ser acariciado. Pero prefiero dar y dejarme recibir.

De los colores, el verde, y el malva. Me divierto con la elementalidad de la corista ante sus entrevistadores.
De las notas el Do bemol. De los números el 7 y el 3. Pero más el 13. No soy Rimbaud ni me lo creo. De las letras la Y y la Ñ.
De los astros Mercurio, Marte, Venus. 
De los animales: el caballo, el perro, los lagartos. No entiendo a los peces ni los gatos, y no puedo tocar un ave viva con la mano.
De los árboles: el dagame, el roble, la ceiba, el framboyán, las barbas de curujey del algarrobo.
De las plantas: la albahaca florecida. La yerbabuena que mi madre tenía que regar. 
De las flores, la mariposa. 
De los signos, Tauro y Virgo. Ojo con Géminis y ni una mujer Leo, peligro.
De los países: Brasil, Puerto Rico. 
De las frutas: el banano, el mamey y la piña.
En este orden: bailar, cantar, pintar, escribir, actuar.
En este orden: hacer el amor, beber, dormir, comer.
Rechazo: las leyes de los hombres, el contrato social, el matrimonio, el divorcio, la política, las adicciones, la represión
Rechazo: la violencia, los gritos, los golpes, las armas, la imposición, la dependencia, la obligación.
Abomino: el abuso, la injusticia, la guapería, la chusmerìa, la vulgaridad,  la trampa, la traición. Las mafias y las sectas.

Mi aspiración más alta en la vida es lograr el abrazo entre mi gente. Mi verbo interior es puentear. “Ámense por encima de las diferencias”. Mi sentimiento predominante es la ternura.
Creo que soy producto del desamor. Aspiro a culminar en el amor. Pero como nadie me va a recibir en el cielo ni en otro lugar, no tengo nada que decirle.
Soy voyeur, mirón, me gusta ver sin ser visto, conocer secretos, lugares recónditos, descubrir misterios. Soy indagador, investigador, observador natural. Ante mis ojos puede derrumbarse un castillo y no darme cuenta, pero puedo captar el ligero movimiento de un secreto bajo los párpados de un enmascarado.
Puedo aceptarlo todo, comprenderlo todo. Soy absolutamente amplio y flexible. Paradójicamente amo el orden, la organización, la limpieza, aunque no la disciplina. 
Puedo ser exquisito, delicado, exigente. Pero sólido, duro. 
Soy capaz de prescindir de todo, insisto, y eso me complace. No me empobrece, por el contrario, me enriquece descubrir el valor de lo esencial
Creo haber conocido casi todos los placeres, los aprecio acuciosamente. De la misma manera e intensidad los desprecio.
No tengo ambiciones materiales: desconozco las marcas y modelos de las cosas, no me interesan las joyas, los autos sofisticados, los aparatos exquisitos. Me divierten los coqueteos de  la gloria, la fama, los aplausos. Soy presumido, vanidoso. Pero desprecio todo eso como transitorio, vulnerable, de valor relativo y circunstancial. Mi gloria interior, mis pequeñas victorias me llenan esa vanidad.
Ser amado, reconocido, admirado realmente, me alimenta el ego hasta el tope. Contradicciones que tiene uno.
No le temo a la muerte, me parece algo natural, sencillo, hasta hermoso. Solamente me molesta que me sorprenda sin avisar, soy de cita previa. Me gusta saber, quiero saberlo todo, tener tiempo de prepararlo y ordenarlo todo. Sin profesar religiones, estoy seguro de que continúo en algo, al menos en el aire, hasta disolverse, ley física.
Soy egoísta con las cosas pequeñas, recuerdos, piedrecitas, fetiches, colecciones. En cambio, me gusta tener para dar, y dar a manos llenas.
Me atemoriza sentirme encerrado, no tengo claustrofobia. Puedo quedarme atrapado en un ascensor sin pánico, pero no resisto estar en un asiento del centro, rodeado de personas o en el asiento interior del avión. Tampoco me gusta verme en medio de los grandes salones espaciosos.
Gusto de la oscuridad, de la noche, los callejones, el malecón. Me gusta aunque me sobrecoge la noche en el bosque y la montaña, es una mezcla de terror y atracción en plena desnudez. Me dan morbo los recovecos del cuerpo.
La altura me aterra, pero no el vuelo. Los abismos me atraen y me dan terror. Así el mar, que es mi medio y mi pánico.
No me gustan los niños pequeños, hasta que tengan razón. No entiendo su silencio sin conciencia.
Me atraen los locos, los presos, los enfermos mortales o los condenados a muerte, los suicidas. Les amo de una manera especial.  Estoy seguro de entenderles y que me entienden. Siempre me siento en una situación límite. Y comparto con ellos esa verdad mayúscula.
Realmente odio la guerra, cualquier guerra, y ya hoy no creo ninguna necesaria.
No creo en el capitalismo, ni en el socialismo, el comunismo es una palabra. Me parecen criminales todas las discriminaciones, los chovinismos, las xenofobias, las explotaciones de todo tipo, las monarquías y todas las autocracias, los totalitarismos así como los igualitarismos falsos. La gente vale por lo que son intrínsecamente: bondad, honestidad, inteligencia, gracia.
Todas las profesiones que aportan a la vida son venerables. Menos las represivas. Bueno, es que realmente esas no aportan a la vida.
Para dar la imagen de mis gustos y preferencias personales, necesitaría un tratado, por su amplitud, complejidad y contradicciones. Un tratado por persona.
Lo que más amo: mi madre. Pero no creo en la institución  del matrimonio ni en la familia. La gente que amo de mi familia es por la coincidencia de que les elegí y les amo, pero no por la condición de ser familia.
Me he mantenido invicto, no quise tener hijos. Y un hijo es lo que más amaría. He tenido muchos hijos postizos, muy amados.
Claudio
Pablito
Fidelito
Héctor Eduardo
Alejandra
Rita y Diego
Angelita
Gilberto
Laura
Ismaelito
Leo
Y más y más

Amo a mis alumnos, los hago mis hijos. Adoro enseñar. Creo en la amistad y en la familia construida y elegida.
No me gusta la vida de vecindad, ni las actividades sociales, y parezco todo lo contrario. Soy sociable y comunitario con quienes elijo, y en eso soy muy elitista.
Amé la Revolución rechazando la política. La convertí en mi sueño dorado, me la inventé como el sumun de la verdad, lo auténtico, lo justo, armónico, bello, gentil... Fue mi “viaje a Venecia” y éste sueño y otros tantos  me fueron pisoteados. Una gran frustración. La Decepción, una virgen inventada sin virginidad. Siempre fui un culpable, un apestado. Se ve en mi poema “El apestado” (1950). Quizás también me lo inventé. Me lo inventaron. Soy extremista: amo apasionadamente o rechazo hasta que mis amigos dicen “lo cogió la aplanadora”. Me encantan los niños, pero a veces me auto titulo “Herodes”.
Soy fantasioso, confundo la fantasía con la realidad. No tengo sentido de la orientación ni buena memoria ni equilibrio. Borro o confundo períodos de mi vida y puedo detallar otros. 
No soy rencoroso, puedo perdonar o mejor, comprender, pero hay golpes que no olvido. No tengo sentido del orgullo. Si entiendo un error puedo disculparme sin esfuerzo. No me gusta reclamar, ni en el amor ni en el afecto, ni en los compromisos. Creo que es mejor recibir lo que la gente realmente quiere dar. Pero los compromisos me son sagrados y creo que hay que cumplirlos sin que nadie lo reclame o exija.
No soy celoso, pero no admito desprecios.
Si usted quiere, ahora mismo, hágame su juicio sumario.
Estoy conforme. Yo soy así. ¿Y qué? Nos veremos en la próxima consulta.


Enrique. Agosto 24 de 2014
La Habana