lunes, 28 de octubre de 2013

En los 80 de Enrique Pineda Barnet.

Por Pablo Vargas.

Enrique Pineda ha recorrido, hasta el día de hoy, un largo trecho vital no siempre exento de tropiezos, solo que jamás retrocedió, o lo intentó siquiera. Siempre marchó hacia delante sin amilanarse o pedir comprensión o indulgencia. Su convicción de transitar siempre el camino correcto, creó en él esa obstinada capacidad para prescindir de las cosas, aun las más necesarias y continuar su marcha.

Como si no, un joven de apariencia y físico frágiles, educado y sin aparentes contratiempos o sobresaltos para disfrutar de una vida muelle y hedonista, se convierte en el primer maestro voluntario que marcha a los parajes más intrincados de la Sierra Maestra y convive a pie y descalzo, con las personas más humildes de la sociedad cubana de la época.

Tal vez este paso lo defina como el gran humanista e intelectual que ha sido siempre, tal vez ésta haya sido su decisión más importante, la que lo convierte en el gran creador y docente que ha sido a lo largo de todos estos años.

No voy a hablar hoy aquí de su obra que es vasta y objeto de estudio a diario en diferentes partes del mundo por especialistas y críticos de los medios, unas adquieren  importancia tras nuevas visiones y acercamientos, otras conservan una vigencia que no se puede desconocer y aun trasmiten cuando se exhiben, ese susto permanente del amor con las que fueron pensadas, escritas y realizadas.

Hoy recuerdo a Martí cuando digo, ese hombre de La Bella del Alhambra, Mella, David, fue, es, mi amigo.

¿Qué estaría pensando hoy Esperancita (la madre amantísima de Enrique) si pudiera leer estas pocas líneas? Seguramente me haría un guiño cómplice y me invitaría a un refrigerio y un licorcito, como solía hacer cuando la visitaba una que otra tarde y me hablaría del orgullo que siente por su hijo, por ser ante todo y sobre todo un hombre de bien.

Hasta hoy Esperancita querida, nada cambió, todo continua tal cual lo dejaste. Descansa en paz, tu obra aun se prolonga en Enrique y así será hasta el fin de sus días terrenales.

Que sus largos años de creación y magisterio no pasen hoy de largo. No debe faltar en este día de necesaria remembranza, el reconocimiento que los cubanos y amantes del arte y la cultura en todas las latitudes del mundo, le debemos.

Saludemos y devolvámosle en fin, el abrazo desinteresado que nos regaló siempre.