martes, 2 de febrero de 2010

"LA ANUNCIACIÓN": UN BRINDIS POR LA TOLERANCIA

Por: Jorge Luis Lanza Caride

Desde Video de familia (2001), mediometraje del joven realizador Humberto Padrón, el cine cubano no había intentado captar las esencias de las contradicciones que subyacen en la familia cubana contemporánea, pero con La Anunciación (2008), su realizador Enrique Pineda Barnet se adentra nuevamente en las complejidades de la familia como estructura social, la cual está marcada por la escisión luego de varias décadas de continua emigración.

La Anunciación nos muestra una típica familia cubana con sus contradicciones y particularidades, marcada por las desgarradoras ausencias que provoca la emigración, elemento generador de conflictos en el seno familiar, y en la mayoría de los casos causa principal de su desestabilización, espacio donde se intenta decidir el destino del personaje del niño abandonado por su madre.

Es la conmovedora historia de Amalia, una maestra que convierte el espiritismo en parte de su cotidianidad, y de cierta manera en sustento económico en una época de crisis, elemento que devela una vez más esa tendencia en nuestra sociedad de recurrir a la religiosidad como válvula de escape y refugio espiritual ante los problemas de nuestra realidad, colmada de dificultades y también esperanzas, lo cual le impregna a la historia cierto misticismo y misterio.

Una de las grandes virtudes del filme estriba apostar por la reconciliación, mensaje que trasciende el estrecho marco familiar para implicar ambas partes de la nación, Cuba y su diáspora, espacios marcados por la confrontación, por lo que limar asperezas viene a ser un demanda hoy impostergable. Un ejemplo de esa búsqueda alentadora es esa escena del reencuentro, desgarradora y emotiva, cuando madre e hija se abrazan y paralelamente la cámara nos muestra un primer plano del rostro frío de Ricardo, el hermano mayor, quien carga aún el peso del resentimiento, brillante desempeño del actor Héctor Noas.


Desde un enfoque antropológico, tanto el acto de las despidas como los dramáticos reencuentros familiares deviene una práctica habitual en nuestra sociedad tan acostumbrada a las separaciones, a ver partir a muchos y ver regresar a otros. Práctica que ha sido representada en varios filmes en el cine cubano, recordemos las emotivas imágenes del reencuentro familiar en el aeropuerto con las cuales irrumpe el último filme de Solás, Miel para Oshún (1999), Nada (2000), entre otras que han abordado el tema migratorio.

Al igual que en la cinta de Solás, donde su protagonista experimenta un búsqueda de sus orígenes, Margarita también experimenta algo similar cuando llega a su casa y encuentra todo intacto, como si nada hubiese cambiado, instante muy bien tratado en el filme, lo cual revela el reencuentro con la identidad del individuo que rompió con ese medio donde se desarrolló gran parte de su vida.

La grandeza de La Anunciación estriba en la profundidad de sus parlamentos, en la valentía de sus textos, al realizar un ajuste de cuentas con el pasado que marcó a toda una generación que fue víctima de los rencores provocados por el dramático éxodo del Mariel, y no sólo por el irreverente de su discurso, sino por la manera en que sugiere verdades que decirlas directamente matarían su verdadero sentido.

La Anunciación también posee valores estéticos dignos de destacar, tales como la acertada fotografía que al igual que la escenografía contribuyen a plasmar la atmósfera de angustia y desasosiego que se respira en el filme, un despliegue visual muy cercano a la plástica, que nos recuerda una cinta como Madagascar (1994), una de las pocas obras de la cinematografía cubana donde los recursos expresivos de la plástica se funden con el lenguaje fílmico para devenir un texto paradigmático, además de utilizar como referente el cuadro de la pintora cubana Antonia Eiriz que posee igual título.

Entre las distintas aristas que se puede analizar el filme, sobresale lo antropológico, no sólo por el tratamiento de la religiosidad popular, sino por la manera en que muestra la importancia que tienen aún en nuestra sociedad, tan lacerada por bruscas rupturas determinados rituales, como el acto de comer en la mesa, espacio de socialización por excelencia, donde se reafirma la identidad cubana dada la nostalgia que evidencia Margarita ante la comida que preparó Amalia, quien siempre intenta ocultar las dificultades que padece cualquier familia cubana de estos tiempos. Ese brindis establece un guiño interetxtual a otros filmes cubanos, desde La Sobrevivientes, de Tomás Gutiérrez Alea, La última cena, la antológica Fresa y chocolate con la escena del almuerzo lezamiano, Video de familia y muchas otras cintas cubanas donde el brindis adquiere una carga semiótica que opera como mecanismo redentor y facilitador de la cohesión, que apela siempre generalmente a la reconciliación, ritual que se mantiene hasta nuestos días, y por supuesto, es lógico que el acto de brindar no se redice a una practica familiar, pero en la familia cubana representada en nuestro cine adquiere otras resonancias.

Otra práctica habitual en el ámbito intrafamiliar es el acto de la entrega de los regalos que realiza el personaje de Margarita, instante que aglutina a sus miembros y que vienen a funcionar como atenuador de tensiones, así como los retratos del difunto padre, icono aprovechando por Barnet para citarse a sí mismo en ese diálogo autorreferencial.

La Anunciación logra también “develar y mostrar el discurso oculto de una sociedad que se debate puertas adentro. La ocultación funciona a manera de mecanismo de abrigo bajo el cual desplegar posturas no consultadas con la opinión dominante, pues expresan el cuestionamiento tácito, cuando no la negación, de esa dominación."


En ese sentido los conflictos intergeneracionales, dada las diferentes formas de pensar de sus miembros, algo que también apreciamos en Video de familia, se vuelven detonante de enfrentamientos e incluso de las mismas rupturas, pues la típica intolerancia que ha caracterizado a nuestra sociedad bajo el influjo de un discurso oficial hegemónico lejos de atenuar la separación la acentúa, sobre todo entre las discordias entre el personaje irreverente de Mayito, con su vocación contestataria, quien todo el tiempo lanza sus críticas a la obsesión por el control en nuestra sociedad y Ricardo, quien simboliza esa generación formada en los años de mayor rigidez e intolerancia, quien aún posee el rol principal en la estructura jerárquica de esta familia.

Esto explica su negativa ante el intento de separarlo del niño, quien también muestra su necesidad por decidir su propio destino, en una familia que se resiste a fragmentarse aún más, a diferencia de Amalia, quien se empeña buscar alguien que sustituya el vacío que dejó la madre del niño al marcharse del país.

Pese a los evidentes desgarramientos, viejos resentimientos, el filme concluye con un final edificante y reconciliador para la familia cubana, mensaje que funciona para ambas orillas, al reafirmarse la necesidad de aceptar nuestras diferencias y mantener la cohesión familiar, no importa el espacio geográfico que habitemos, sea en la isla o en la diáspora. Precisamente he ahí el lado humanista de la obra, su principal reclamo, y lo que hará trascender este filme, minimalista en cuanto a recursos, pero sincero y profundo desde el inicio hasta el final. En fin, estamos ante una filme cuya mirada se dirige no solamente a nuestra sociedad, sino que puede llegar a sensibilizar a cualquier otra sociedad que experimenta también traumas similares, como la emigración y los problemas de las identidades fragmentadas. Lo trascendental del cine como obra de arte radica en su universalidad, en alguna medida las palabras pronunciadas por el realizador al final del filme, sobre la importancia de amarnos por encima de nuestras diferencias viene a ser la reafirmación de ese reclamo que el cine cubano ha lanzado y defendido por mucos años. En el futuro tengo la esperanza de que ese reclamo sea al fin escuchado.