sábado, 16 de mayo de 2009

EVOCACIÓN A CHACHO DRAGÚN

Dragún es una figura a la cual se retorna por diferentes vías. Dejó en la historia del movimiento teatral cubano innumerables huellas. En una especie de ritornello, fue eje aglutinador para generaciones lejanas en el tiempo y en el quehacer. En un arco de casi treinta años refundó nuevas circunstancias en el teatro cubano. Si en los primeros sesenta se volvió un protagonista en la formación de los más jóvenes dramaturgos a través del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional, en los noventa regresó con ahínco a sus faenas de magisterio por medio de la Casa de las Américas y la creación de la EITALC, lugar privilegiado y vital en las relaciones del teatro cubano con el del resto de la región.

El pasado jueves, una representación de aquellos noveles escritores y teatristas se encontró en la sala de lectura de la Biblioteca de la Casa para reconstruir la estación imprescindible que fue el Seminario, dirigido por Dragún.

Marta María Borrás, especialista del Departamento de Teatro, dio la bienvenida a los asistentes exponiendo la conexión triangular entre los panelistas Gerardo Fulleda León y Eugenio Hernández Espinosa (merecedores del Premio Literario Casa de las Américas), con Dragún y la Casa. También la actriz Verónica Lynn, Premio Nacional de Teatro, completaba la mesa.

Cada uno de los ponentes, en una especie de biografía compartida, confesaron pasajes de la relación con el maestro, surgida durante los sesentas. Junto a otros presentes en la sala que se vincularon con el Seminario, por ejemplo, Mario Balmaseda, Enrique Pineda Barnet y otros, fueron apuntando anécdotas, impresiones, evocaciones sobre Dragún y su contacto con el teatro de aquellos años.

Con solo 33 años, el artista argentino llegó a Cuba para asumir la responsabilidad del Seminario a solicitud de la dirección del Teatro Nacional. Quizás no podía imaginar entonces la huella que su tarea dejaría en el futuro de la escena nacional.

Piezas emblemáticas del teatro cubano emergieron de aquellas aulas. La primera de ellas, Santa Camila de La Habana Vieja, de José R. Brene, protagonizada en una actuación memorable por Verónica; años más tarde vería la luz María Antonia, de Hernández Espinosa, un hito en la dramaturgia cubana, junto a otros ejemplos destacados en el catálogo nacional. Autores como René Fernández Santana, José Milián, ambos Premios Nacionales de Teatro, Pepe Santos, Pepe Triana participaron de aquella aventura.

Los tres panelistas coincidían en el compromiso y el amor que sintió Dragún hacia Cuba y su revolución. Fulleda recordaba la experiencia durante la Crisis de Octubre cuando el maestro, en medio del temor y el desasosiego que vivía la Isla, los impulsó a seguir escribiendo las vivencias de esos días.

Acordaban igualmente que el Seminario, de la manera que fue concebido por él, también logró ser un puente entre esos jóvenes con lo más valioso de la cultura y el pensamiento cubanos del momento. De esa forma, entre la nómina de profesores se hallaban Alejo Carpentier, Eduardo Robreño, Manuel Moreno Fraginals, Wanda Garatti, etc.

Hernández Espinosa reveló sus conflictos iniciales con Dragún, la resistencia que impuso ante el maestro, y la inteligencia con la que este resolvió la cuestión, al punto que lo dejó, a su salida, al frente del Seminario.

Un nombre de vuelta fue el de la profesora Luisa Josefina Hernández a quien Dragún confió sus estudiantes en el momento en que, según Fulleda, consideró que debían entrar en un nivel más técnico de la escritura dramática.

Salió a relucir el ambiente de discusión y debate en torno a las obras que se producían, tanto las de los alumnos como las del propio Dragún. En las aulas, se respiraba el mismo aire efervescente que signó ese década. Al término de las clases, que se impartían en el horario nocturno en la actual Casa de Cultura de Centro Habana, cruzaban la avenida para tomarse unos tragos, comer algo en el mercado de Carlos III y esperar la madrugada conversando de teatro, de la vida y la gente.

Otro de los aspectos que destacaron de ese diálogo vital y fructífero entre los seminaristas y Dragún, fue el respeto que inculcó en los jóvenes hacia el teatro más allá de diferencias y gustos estéticos. Para él el teatro era un espacio de libertad por excelencia, “la última muestra de artesanía espiritual que queda, y esa artesanía no tiene límites”, se le había escuchado decir en el material audiovisual que abrió la sesión.

Una zona menos visitada durante el encuentro fue precisamente el paso de Dragún por la Casa de las Américas durante los noventa y su accionar frente a la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe (EITALC). De ese centro, especie de laboratorio que logró reunir en La Habana a los maestros más importantes del continente y también representantes de Europa, han quedado varios volúmenes, publicaciones y testimonios que demuestran su importancia para el movimiento teatral de la región. Más tarde, cuando sus principales gestores se radicaron en México, refundaron allí una nueva época de la Escuela, dándole continuidad al proyecto cubano.

Fulleda, rememorando las circunstancias del deceso de Dragún, contó cómo, en una misteriosa concatenación de sucesos, como si se tratara de una “historia para ser contada”, ocurrió su repentina muerte. Dijo que desde hacía algún tiempo Osvaldo perseguía una película que deseaba ver, nunca lo lograba, había dicho que ni siquiera en Cuba había podido verla. Así que ese día fue al cine seguro de que finalmente la vería. En la butaca, frente a la gran pantalla del cine, otra de sus pasiones, su viuda comprobó que ya estaba muerto. “Chacho se fue con la película que quería ver”, confesó Fulleda.

Al finalizar, el cineasta Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine, y quien fue profesor del Seminario, además de amigo de Chacho, hizo notar también la relación de Dragún con la cinematografía nacional gracias a la escritura del guión del filme Crónica cubana, dirigido por el uruguayo Ugo Ulive, también vinculado a la cátedra del Seminario y estrecho colaborador del teatro cubano.

Dragún, además de los vínculos que fue solidificando con la Casa gracias a su empeño y magisterio al frente de la EITALC, cuya sede era su propio domicilio en El Vedado, hoy residencia para invitados de la Casa de las Américas, recibió durante su vida en dos ocasiones el Premio Literario Casa de las Américas por Milagro en el mercado viejo,en 1963 y Heroica de Buenos Aires, en 1966.